El Real Madrid logró sacar adelante un compromiso muy espinoso el pasado sábado en el Santiago Bernabéu, venciendo por 2-0 al Levante en un encuentro que estuvo marcado más por la tensión ambiental que por el brillo futbolístico.
La afición merengue, visiblemente molesta con la racha reciente del equipo, recibió a los suyos con pitos y un clima de exigencia máxima, convirtiendo el feudo blanco en una olla a presión desde el pitido inicial. El equipo de Ancelotti saltó al césped algo atenazado por esta atmósfera, lo que provocó una primera parte gris, con un juego espeso y sin apenas fluidez que no hizo más que aumentar el nerviosismo en la grada al llegar al descanso con el empate a cero en el marcador.
La dinámica cambió tras el paso por vestuarios, donde el equipo pareció sacudirse los fantasmas y salió con otra marcha en la segunda mitad, gracias en gran medida a la entrada de Arda Güler, que aportó la claridad que faltaba en los metros finales. La resistencia del Levante, que peleó con dignidad pese a su delicada situación en la tabla, se quebró finalmente cerca de la hora de partido. Fue Kylian Mbappé quien abrió la lata desde el punto de penalti, asumiendo la responsabilidad en un momento crítico para transformar una pena máxima que él mismo había provocado y que sirvió para liberar gran parte de la ansiedad acumulada en el estadio.
Poco después, la sentencia definitiva llegó de la mano de Raúl Asencio, quien se convirtió en el héroe inesperado de la tarde y en uno de los pocos jugadores ovacionados por el público. El canterano conectó un cabezazo inapelable a la salida de un córner botado por Güler, firmando el 2-0 y asegurando una victoria que, aunque no disipa todas las dudas sobre el juego del equipo, permite al Madrid sumar tres puntos vitales para no descolgarse de la pelea por LaLiga. Al final, el Bernabéu respiró aliviado, cerrando una jornada que sirvió más como bálsamo resultadista que como reivindicación futbolística.