La gélida noche en el Carlos Belmonte prometía emociones fuertes y la Copa del Rey, fiel a su tradición de torneo del caos y la sorpresa, no defraudó a nadie,
regalando noventa minutos de puro fútbol, sufrimiento y épica en un duelo que terminó con un ajustado 1-2 favorable al FC Barcelona, pero que dejó una sensación de victoria moral en el corazón de la afición manchega. El Albacete Balompié, lejos de amedrentarse ante la constelación de estrellas que tenía enfrente, planteó un partido valiente, áspero y digno, obligando al gigante catalán a vaciarse físicamente y a recurrir a todo su talento individual para no verse apeado de la competición en una de esas noches que suelen costar el puesto a los entrenadores de los equipos grandes. El resultado final permite a los azulgranas respirar aliviados y estar en el bombo de la siguiente ronda, pero el guion del encuentro fue mucho más tortuoso de lo que el marcador final podría sugerir a simple vista, evidenciando que en el fútbol moderno las distancias se acortan cuando la ilusión y el orden táctico entran en juego sobre el césped.
El arranque del partido fue un monólogo de intensidad por parte del conjunto local, que salió mordiendo en cada balón dividido, empujado por una grada que rugía con una fuerza ensordecedora, convirtiendo el frío de febrero en un infierno para los visitantes. El Barcelona, quizás sorprendido por el ímpetu inicial de los blancos o tal vez entumecido por la baja temperatura, tardó en encontrar el ritmo de circulación, cometiendo imprecisiones en la salida de balón que espolearon aún más a los locales. Y así, cuando apenas se había cumplido el primer cuarto de hora, llegó el delirio al Belmonte: una jugada a balón parado, ensayada mil veces en la ciudad deportiva, encontró un remate certero en el corazón del área que batió al guardameta culé, poniendo el 1-0 en el luminoso y desatando la locura colectiva. Fue el momento soñado, la confirmación de que la hazaña era posible, y durante muchos minutos, el Albacete se sintió capaz de mirar a los ojos al gigante y sostenerle la mirada sin parpadear.
Con el marcador en contra, el FC Barcelona se vio obligado a despertar de su letargo, asumiendo el control del esférico pero chocando una y otra vez contra un muro defensivo ordenado y solidario. Los mediocampistas azulgranas intentaban filtrar pases interiores, pero las piernas de los jugadores del Albacete parecían multiplicarse, cerrando espacios y negando cualquier línea de pase clara. La ansiedad empezó a asomar en el bando visitante, con gestos de frustración visibles en sus estrellas, mientras el reloj corría a favor de los locales. Sin embargo, la calidad diferencial de un equipo de élite mundial suele aparecer en los momentos críticos, y justo antes del descanso, en una acción aislada de puro talento individual, el Barça logró el empate. Una genialidad técnica en la frontal del área, un disparo ajustado al palo imposible para el portero local, devolvió las tablas al marcador en el momento psicológico más doloroso para el Albacete, que veía cómo su titánico esfuerzo defensivo se diluía justo antes de irse a vestuarios.
La segunda mitad comenzó con un guion diferente, con un Barcelona mucho más dominador y consciente de que no podía permitirse el lujo de especular. El desgaste físico empezó a pasar factura a los jugadores del Albacete, que ya no llegaban a las ayudas con la misma frescura que en el primer acto, obligando al equipo a replegarse cada vez más cerca de su propia área. El partido se convirtió en un asedio, con el balón rondando constantemente la portería local, pero la heroica actuación del guardameta manchego y la falta de puntería de los delanteros culés mantuvieron el empate vivo hasta el tramo final. Cada despeje de la defensa del Albacete era celebrado como un gol por la afición, que veía cómo su equipo resistía las embestidas con una fe inquebrantable, soñando con aguantar hasta la prórroga o cazar una contra milagrosa que sentenciara la eliminatoria.
Pero la lógica del fútbol, cruel y pragmática, terminó imponiéndose cuando el partido agonizaba y las piernas pesaban como plomo. A falta de diez minutos para el final, cuando el olor a prórroga ya se empezaba a sentir en el ambiente, el FC Barcelona encontró el hueco definitivo. Una combinación rápida por banda, un centro medido y un remate de primeras calidad “Champions League” silenciaron por un instante al Carlos Belmonte, subiendo el 1-2 al marcador y clavando una estaca en el corazón de la esperanza local. No fue un gol de suerte, sino de insistencia y jerarquía, el golpe de autoridad de quien sabe ganar incluso cuando no brilla, de quien tiene recursos infinitos en el banquillo para desatascar situaciones límite.
A pesar del mazazo, el Albacete no bajó los brazos y los últimos minutos fueron un ejercicio de orgullo conmovedor. Con más corazón que cabeza, el equipo se lanzó al ataque a la desesperada, colgando balones al área y forzando un par de saques de esquina que hicieron contener la respiración a todo el banquillo azulgrana. Hubo incluso una última jugada polémica, una caída en el área que la grada reclamó como penalti con vehemencia, pero el árbitro mandó seguir y el pitido final decretó la sentencia. Los jugadores del Albacete cayeron al suelo, vacíos, agotados, pero se levantaron para recibir la ovación cerrada de su público, que reconoció el esfuerzo titánico de un equipo que, pese a la derrota, honró el escudo y compitió hasta el último aliento.
Para el FC Barcelona, la victoria supone cumplir el expediente y evitar una catástrofe mediática, aunque el juego desplegado dejará seguramente muchas dudas y horas de análisis para el cuerpo técnico. Ganar sufriendo también vale, y en la Copa del Rey, avanzar de ronda es lo único que realmente importa al día siguiente, pero la imagen dada en ciertos tramos del partido evidenció que todavía hay engranajes por ajustar. Sin embargo, la capacidad de reacción y la solvencia para remontar un escenario adverso en un campo complicado son noticias positivas que refuerzan el carácter competitivo del grupo de cara a los retos mayúsculos que se avecinan en la temporada.
La noche se cierra en Albacete con la tristeza de la eliminación pero con la cabeza muy alta, sabiendo que se rozó la gloria con la punta de los dedos. El 1-2 final quedará en las estadísticas, pero en la memoria de los presentes perdurará la imagen de un equipo que hizo temblar a un gigante, de una afición que nunca dejó de creer y de una Copa del Rey que, una vez más, nos recordó por qué es el torneo más emocionante y traicionero de nuestro fútbol. El Barça sigue vivo en su camino hacia el título, pero las cicatrices de la batalla del Belmonte les recordarán que, en este deporte, nadie regala nada y cada victoria hay que sudarla hasta la última gota.