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Racing Santander 0-2 Barcelona | Resultado, goles, declaraciones y la última hora

enero 15, 2026

La Copa del Rey tiene una mística especial, un aroma inconfundible que mezcla el barro con la gloria, y la noche del 15 de enero de 2026 en Santander fue uno de esos capítulos que reafirman por qué este torneo es diferente a cualquier otro.

El Fútbol Club Barcelona, flamante campeón de la Supercopa de España y con la moral por las nubes tras vencer al Real Madrid en Arabia, aterrizaba en Cantabria con la etiqueta de favorito indiscutible colgada del cuello. Sin embargo, lo que se encontró sobre el césped de los Campos de Sport de El Sardinero no fue una alfombra roja hacia los cuartos de final, sino una trinchera cavada con orgullo, táctica y sudor por un Racing de Santander que honró su historia y su liderato en la Segunda División. El marcador final de 0-2 puede engañar a quien no vio el partido, sugiriendo una victoria plácida o de trámite, pero la realidad fue un ejercicio de sufrimiento extremo, donde el Barça tuvo que bailar sobre el alambre y encomendarse a la efectividad de sus atacantes y a los milagros de su portería para no salir trasquilado ante un rival que mereció, como mínimo, llevar la angustia hasta la prórroga.

El ambiente en Santander era el de las grandes noches, esas que se recuerdan durante décadas. Con el cartel de “no hay billetes” colgado desde hacía días, la afición verdiblanca convirtió el estadio en una caldera que rugía con cada recuperación de balón, con cada carrera de sus extremos y con cada decisión arbitral discutible. Desde el pitido inicial, quedó claro que el Racing no había salido a verlas venir ni a pedir autógrafos a las estrellas azulgranas. El planteamiento de los locales fue valiente, solidario y tácticamente impecable durante gran parte del encuentro, cerrando los pasillos interiores por donde suelen transitar los magos del Barça y obligando a los de Hansi Flick a una circulación de balón lenta, previsible y, por momentos, desesperante. El técnico alemán, que había rotado algunas piezas pero mantenía una columna vertebral competitiva, gesticulaba desde la banda pidiendo más velocidad, más verticalidad, algo que rompiera la monotonía de un dominio que no se traducía en peligro real.

Durante los primeros cuarenta y cinco minutos, el guion fue el de un monólogo estéril. El Barcelona tenía la posesión, sí, pero era una posesión de seguridad, horizontal, lejos de las zonas donde se deciden los partidos. Dani Olmo intentaba filtrar pases entre líneas, buscando conectar con un Marcus Rashford que, aunque voluntarioso, se encontraba una y otra vez con la defensa anticipativa de los cántabros. El inglés, una de las grandes atracciones de este Barça 2025/26, tuvo en sus botas alguna aproximación peligrosa, sobre todo en balones aéreos y centros laterales, pero siempre le faltó ese centímetro de precisión o esa décima de segundo de ventaja para armar el disparo letal. Por su parte, el Racing esperaba agazapado, como un depredador paciente, sabiendo que su momento llegaría al contragolpe. Y vaya si llegó. Cada pérdida culé era una invitación a correr, con Iñigo Vicente y Andrés Martín lanzando diagonales que hacían temblar la adelantada línea defensiva de Flick. Al descanso, el 0-0 inicial lucía en el marcador como un premio al orden local y un castigo a la falta de ideas visitante.

El paso por los vestuarios trajo consigo un cambio de actitud, o al menos de urgencia, en el bando barcelonista. Hansi Flick debió leer la cartilla a los suyos, porque el equipo salió con una marcha más, presionando más arriba y asumiendo más riesgos. Sin embargo, esa ambición también generaba más espacios a su espalda, convirtiendo el partido en un ida y vuelta peligroso que no le convenía a un grande obligado a ganar. Fue entonces, cuando el reloj empezaba a pesar y los fantasmas de una posible eliminación empezaban a sobrevolar el estadio, cuando apareció la calidad individual para desatascar lo que lo colectivo no podía. Corría el minuto 66 cuando una jugada que parecía intrascendente se convirtió en oro. Fermín López, ese mediocampista que tiene un radar en la cabeza para detectar espacios donde nadie más los ve, filtró un pase quirúrgico, de esos que rompen dos líneas de presión de golpe. El balón llegó a los dominios de Ferran Torres, el ‘Tiburón’, que hizo honor a su apodo. Con una frialdad pasmosa, controló, encaró a Jokin Ezkieta y definió con sutileza para poner el 0-1. Fue un gol de alivio, de esos que hacen soltar el aire contenido, pero que no cerraba ni mucho menos el partido.

De hecho, el gol de Ferran, lejos de hundir al Racing, pareció espolearlo. Los cántabros se quitaron las cadenas tácticas y se lanzaron a tumba abierta a por el empate, empujados por una grada que no dejaba de creer. Aquí comenzó el verdadero calvario del Barcelona y el espectáculo del VAR y el sufrimiento. El Racing logró perforar la portería de Joan García en dos ocasiones, desatando la locura momentánea en El Sardinero, pero en ambas la tecnología intervino para ahogar el grito de gol. Primero fue Manex Lozano quien vio cómo su tanto era anulado por un fuera de juego milimétrico, de esos que se miden por la punta de la bota o el hombro. Minutos después, la historia se repitió con Iñigo Vicente. La frustración local era palpable, pero también la sensación de que el Barça era vulnerable, de que el gigante tenía pies de barro y que, si se apretaba lo suficiente, acabaría cayendo. El equipo de Flick perdió el control del partido, incapaz de tener posesiones largas para dormir el encuentro, y se vio abocado a defenderse en su propia área, achicando agua ante el vendaval verdiblanco.

En medio de ese caos, emergió la figura que, para muchos, fue el verdadero MVP del partido, por encima incluso de los goleadores: Joan García. El guardameta, que ha tenido la difícil tarea de ganarse el puesto bajo la sombra de la exigencia culé, firmó una actuación consagratoria. Su momento cumbre llegó en el tiempo de descuento, en el minuto 94, cuando el partido agonizaba y el Racing quemaba sus naves. Un error en la salida de balón propició que Manex Lozano se plantara solo, en un mano a mano dramático que olía a empate y a prórroga inevitable. El estadio contuvo la respiración. Manex definió, buscando el hueco, pero Joan García se hizo gigante, sacando una mano prodigiosa, llena de reflejos y de fe, para desviar el balón lo justo. Fue una parada que vale tanto como un gol, una intervención salvadora que evitó el desastre y que permitió al Barça seguir vivo en la competición del KO. Esa acción no solo salvó la eliminatoria, sino que probablemente reforzó la confianza de un portero llamado a ser importante en el futuro del club.

Con el Racing volcado completamente en ataque, incluso con su portero Ezkieta subiendo a rematar en los saques de esquina finales a la desesperada, el fútbol dictó su sentencia cruel pero lógica: el que perdona lo paga, y el que deja espacios ante el Barça, muere. En el minuto 95, con el tiempo prácticamente cumplido, el Barcelona montó una contra de manual, un tres para uno letal. Raphinha, que había entrado fresco en la segunda parte sustituyendo a un fatigado Rashford, condujo el balón con velocidad y criterio. A su lado, Lamine Yamal le acompañaba como un rayo. El brasileño pudo haber definido, pero tuvo la generosidad de ceder el balón a la joven joya de la masía. Lamine, con todo a favor y la portería vacía, no falló. Su remate besó la red y selló el definitivo 0-2, silenciando por un instante el estadio antes de que la afición local rompiera en aplausos hacia sus jugadores por el esfuerzo titánico realizado.

El pitido final dejó sensaciones encontradas. Para el Barcelona, la satisfacción del deber cumplido y el pase a cuartos de final, manteniendo vivo el sueño del triplete o de sumar más títulos a la Supercopa ya conquistada. Sin embargo, Hansi Flick tendrá mucho que analizar en el vídeo del partido. Su equipo sufrió más de la cuenta, perdió el control en fases críticas y dependió en exceso de la inspiración individual de Ferran, Lamine y Joan García para sacar adelante un compromiso ante un rival de categoría inferior. La falta de contundencia para cerrar el partido antes y la fragilidad defensiva en los momentos de presión rival son asignaturas pendientes que deberán corregirse si quieren aspirar a cotas más altas en Europa y en La Liga. No obstante, en la Copa del Rey, la estética suele ser secundaria; lo único que importa es que tu nombre esté en la bola del siguiente sorteo, y el Barça, sufriendo y sudando tinta, logró ese objetivo.

Para el Racing de Santander queda el orgullo intacto y la certeza de que tienen equipo y afición para pelear por el ascenso a Primera División, su verdadero objetivo de la temporada. Plantaron cara al campeón de la Supercopa, le miraron a los ojos y le hicieron pedir la hora. Jugadores como Iñigo Vicente, Arana y el propio Ezkieta demostraron que tienen nivel para competir en la élite. La Copa se acaba para ellos, pero la imagen mostrada en El Sardinero refuerza su candidatura al ascenso. Fue una noche de fútbol puro, de emoción, de polémica con el VAR y de goles agónicos. Una de esas noches que, aunque el resultado diga 0-2, cuentan una historia mucho más rica y compleja. El Barça sobrevive a la trampa del norte, pero se lleva en el cuerpo el susto de un Racing que, por momentos, le hizo sentir mortal.