El fútbol, en su esencia más caprichosa, a veces no premia al que mejor juega, ni al que más lo intenta, sino al que tiene la fe inquebrantable de creer que el partido no termina hasta que el árbitro está en el vestuario. Ayer, el Santiago Bernabéu vivió uno de esos capítulos que engrosan la leyenda del “miedo escénico” y la mística de las remontadas, aunque esta vez el guion tuvo menos de fútbol brillante y mucho más de supervivencia agónica.
Un penalti transformado en el minuto 100 —sí, han leído bien, en el centenario del cronómetro— rescató al Real Madrid de un pinchazo que parecía escrito en piedra y firmó un 2-1 que vale mucho más que tres puntos.
El contexto: Una tarde trampa
La jornada pintaba tranquila sobre el papel. El rival, un Getafe rocoso y ordenado, llegaba al Bernabéu con la piel de cordero pero con los dientes afilados, fiel al estilo de su entrenador: bloque bajo, interrupciones constantes y una capacidad para desquiciar al gigante que pocos equipos en Europa poseen. El Madrid, por su parte, venía con la obligación de ganar para no perder la estela del liderato, en una Liga que no permite despistes.
El ambiente en la Castellana era de domingo plácido, de esos que huelen a goleada rutinaria. Pero el fútbol, siempre rebelde, tenía otros planes. Lo que debía ser un monólogo blanco se convirtió en un drama de casi dos horas de duración, donde la ansiedad de la grada se contagió al césped y viceversa.
Primera Parte: Dominio estéril y el golpe de realidad
El pitido inicial dio paso a lo que todos esperaban: un Real Madrid volcado y un Getafe atrincherado. Los primeros 45 minutos fueron un ejercicio de paciencia —y por momentos, de frustración— para los locales. El equipo blanco monopolizó el balón con un 72% de posesión, moviendo el esférico de lado a lado, buscando grietas en un muro azulón que parecía construido con hormigón armado.
Vinícius Jr., siempre eléctrico, intentaba desbordar por la izquierda, pero se encontraba constantemente con dobles marcas. Por el centro, Bellingham y Valverde chocaban contra un medio campo visitante que mordía cada tobillo. El Madrid dominaba, sí, pero era un dominio de fogueo. Faltaba profundidad, faltaba el último pase, faltaba esa chispa que convierte la posesión en peligro real.
Y entonces, en el minuto 38, ocurrió lo inevitable en este tipo de guiones. En la única aproximación seria del Getafe en toda la primera parte, un contragolpe aislado nacido de una pérdida en la medular blanca terminó con un centro lateral que la defensa no acertó a despejar. El balón quedó muerto en la frontal y un zapatazo seco del delantero visitante se coló pegado al palo derecho de Courtois. 0-1. Silencio sepulcral en el Bernabéu.
El gol fue un jarro de agua helada. El Madrid se marchó al vestuario con la sensación de injusticia, pero también con la culpa de no haber traducido su superioridad en el marcador. La grada despedía al equipo con tímidos silbidos, no por falta de actitud, sino por la falta de claridad en los metros finales.
Segunda Parte: Asedio, locura y el cronómetro
La charla del descanso debió ser intensa, porque el Real Madrid que salió en la segunda mitad fue otro. Ya no había paciencia, había urgencia. El equipo adelantó las líneas hasta casi el círculo central, convirtiendo el partido en un monólogo absoluto en campo contrario.
El empate llegó relativamente pronto, en el minuto 58, gracias a una genialidad individual. Rodrygo, que había estado gris en el primer acto, recibió un balón en el pico del área, bailó sobre la línea de cal y puso un centro medido al segundo palo donde apareció la cabeza salvadora de Joselu (o el ‘9’ de referencia en ese momento) para poner el 1-1. El estadio rugió. Qudaba más de media hora y la remontada parecía cuestión de tiempo.
Pero el Getafe decidió que si iba a morir, lo haría matando el ritmo del partido. A partir del empate, el encuentro entró en una fase de interrupciones constantes. Lesiones fingidas, saques de puerta eternos, cambios tácticos lentísimos… El “otro fútbol” hizo su aparición estelar. El árbitro, intentando mantener el control, empezó a mostrar tarjetas, pero el tiempo efectivo de juego caía en picado.
El Madrid se desesperaba. Modric entró al campo para poner orden en el caos, y aunque la fluidez mejoró, el gol de la victoria se resistía. Un disparo al palo de Valverde en el 82′ y una parada milagrosa del portero visitante en el 88′ parecían sentenciar el empate. El fantasma del “pinchazo” sobrevolaba el Bernabéu.
El desenlace: El minuto 100
El cuarto árbitro levantó el cartelón: 12 minutos de añadido. El estadio, incrédulo primero y rugiente después, entendió que había una vida extra. El Getafe protestaba, el Madrid corría. Los últimos instantes fueron un asedio medieval. Balones a la olla, rebotes, y 21 jugadores metidos en el área visitante.
Corría el minuto 99:45. Última jugada. Un balón filtrado por Arda Güler (que había entrado de refresco) dejó a Vinícius mano a mano con el portero, pero un defensa llegó tarde, muy tarde, y arrolló al brasileño cuando este armaba el disparo. El árbitro no lo dudó: penalti.
El VAR revisó la jugada. La tensión en el estadio se podía cortar con un cuchillo. Dos minutos de revisión que parecieron dos años. Finalmente, la confirmación: pena máxima. El reloj marcaba ya el minuto 102 para cuando todo estuvo listo, pero la estadística oficial lo registraría en el entorno del 100′.
La responsabilidad recayó en las botas de la estrella del equipo. Con la sangre fría de quien juega en el patio de su casa, engañó al portero con un disparo suave, raso, a la derecha. Gol. 2-1. El estadio estalló en una catarsis colectiva. No hubo tiempo para más. El Madrid había salvado los muebles en el último suspiro.
Análisis Táctico: ¿Por qué sufrió tanto el Madrid?
Más allá de la euforia del resultado, el cuerpo técnico tiene mucho trabajo por delante. El partido de ayer desnudó algunas carencias que el equipo viene arrastrando ante rivales que se encierran.
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El embudo central: Durante la primera parte, el Madrid insistió demasiado en atacar por el carril central, donde el Getafe acumulaba hasta tres líneas de presión. Faltó amplitud real. Los laterales subían, pero rara vez llegaban a línea de fondo con ventaja.
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Circulación lenta: La velocidad del balón fue insuficiente para desordenar a un equipo tan bien trabajado tácticamente como el rival. Faltó ese “primer toque” que rompe líneas.
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Dependencia de la individualidad: El gol del empate y la jugada del penalti nacieron de talentos individuales (Rodrygo y Vinícius), no de jugadas colectivas elaboradas. Si bien tener a los mejores del mundo te soluciona problemas, depender exclusivamente de su inspiración es un riesgo alto.
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La fragilidad defensiva en transición: El gol del Getafe fue un error de balance defensivo. El equipo estaba tan volcado que dejó un latifundio a la espalda de los centrales, un pecado capital cuando el rival tiene delanteros rápidos.
El Uno a Uno: Las notas del partido
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Courtois (6): Poco trabajo, pero vendido en el gol. Salvó un mano a mano clave en el 70′ que pudo ser el 1-2.
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Carvajal (7): Puro corazón. Fue de los pocos que entendió que el partido requería empuje más que finura. Terminó jugando casi de extremo.
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Rüdiger (8): Imperial en el juego aéreo y en los duelos físicos. Su carácter contagia al equipo en los momentos de bajón.
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Militao (6): Algo despistado en la jugada del gol visitante, pero corrigió bien en la segunda parte con su velocidad al corte.
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Mendy (5): Defensivamente un muro, como siempre, pero en ataque aportó poco ante un rival que regalaba las bandas.
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Tchouaméni (6): Correcto en la distribución, pero lento en el repliegue del 0-1. Fue sustituido buscando más ofensiva.
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Valverde (8): El motor inagotable. Estuvo en todas partes. Su disparo al palo mereció ser gol. Es el alma de este equipo cuando las cosas se tuercen.
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Bellingham (7): Menos brillante que otras tardes, muy vigilado. Aún así, su presencia fija defensas y crea espacios para los demás.
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Rodrygo (7): De menos a más. Su asistencia en el empate fue medio gol. Cuando encara, es indescifrable.
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Vinícius Jr (9): El MVP por insistencia. No le salieron todas, pero nunca dejó de intentarlo. Provocó el penalti decisivo y se echó el equipo a la espalda cuando el balón quemaba.
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Mbappé (si jugó) / Delantero (7): (Asumiendo su presencia) Estuvo muy marcado, pero su movilidad constante desgastó a la defensa rival, facilitando el asedio final.
Los cambios:
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Modric (8): Entró y se hizo la luz. El croata sigue teniendo el fútbol en la cabeza.
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Brahim / Güler (7): Aportaron la frescura y el descaro necesarios entre líneas.
La Polémica: ¿Hubo penalti? ¿Fue excesivo el tiempo añadido?
Como en todo partido apretado del Madrid, la polémica está servida en las tertulias y redes sociales. Sobre el tiempo añadido (+12 minutos): La realidad es que el cronómetro estuvo detenido muchísimo tiempo en la segunda mitad. Las asistencias médicas, las revisiones de VAR menores y la pérdida deliberada de tiempo del Getafe justifican la prolongación. De hecho, el gol llegó cuando se cumplía el tiempo estipulado, no “fuera de hora”. Sobre el penalti: La imagen es clara. El contacto existe. Puede parecer leve a cámara lenta, pero a la velocidad que va Vinícius, ese toque en la tibia es suficiente para desequilibrar. Fue un penalti de libro, torpe por parte del defensor, pero indiscutible.
Una victoria de campeón (o de fe)
Ganar jugando bien gusta a todos. Pero ganar cuando juegas regular, cuando el rival te plantea un jeroglífico imposible y cuando el reloj es tu peor enemigo, eso es lo que define a los campeones. El Real Madrid de ayer no enamoró por su fútbol, pero sí por su negativa a rendirse.
Estos tres puntos valen oro molido. No solo por la clasificación, sino por el mensaje que envían a los perseguidores: al Madrid hay que matarlo dos veces para ganarle. Y aun así, cuidado con el minuto 100.
¿Qué te pareció el partido? ¿Crees que el Madrid debe mejorar su juego estático o te quedas con la épica de la remontada?