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¡Raphinha hace CAMPEÓN al Barça! 🔵🔴 Supercopa 2026 | Resumen y goles

enero 12, 2026

¡Qué absoluta locura acabamos de vivir, qué manera de recordarnos por qué amamos este deporte con cada fibra de nuestro ser!

¡Qué absoluta locura acabamos de vivir, qué manera de recordarnos por qué amamos este deporte con cada fibra de nuestro ser! Si alguien pensaba que el fútbol había perdido su capacidad de sorprendernos, la final de ayer en Riad fue un bofetón de realidad pura, una inyección de adrenalina directa al corazón que nos mantuvo al borde del infarto durante más de cien minutos de puro espectáculo. Lo de anoche en el Al-Awwal Park no fue un simple partido, fue una oda al drama, una montaña rusa de emociones que ríete tú de cualquier guion de Hollywood, porque lo que vimos sobre el césped, ese 3-2 que ya es historia del Clásico, tuvo absolutamente de todo: goles antológicos, remontadas imposibles, polémica para llenar periódicos durante un mes y, sobre todo, la consagración definitiva de una generación de niños que ayer se hicieron hombres golpeando la mesa de la jerarquía mundial. ¡Qué espectáculo, señores, qué bendita locura es el Clásico!

Desde el primer minuto se notaba en el aire que no era una noche cualquiera, la electricidad traspasaba la pantalla y nos llegaba hasta aquí, hasta el último rincón de España, con un Real Madrid que salió a morder como la bestia competitiva que es, oliendo la sangre desde el vestuario. Y qué miedo dieron esos primeros compases, parecía que el huracán blanco iba a borrar del mapa al Barça en un abrir y cerrar de ojos, con un Vinicius desatado y esa maquinaria de contragolpe que es la más letal del planeta funcionando a la perfección. Cuando cayó el 0-1, esa obra de arte de transición rápida, muchos pensaron que la historia estaba escrita, que veríamos otro rodillo madridista levantando plata. Pero ahí es donde reside la magia de este deporte y la grandeza de lo que ocurrió anoche, porque cuando más lógico parecía el hundimiento, surgió la rebeldía, surgió el orgullo y surgió un fútbol de quilates que dejó al mundo con la boca abierta.

Es imposible no emocionarse hablando de lo que hicieron los chavales del Barça ayer, porque hay que frotarse los ojos para creerlo. Ver a Lamine Yamal, un adolescente que debería estar pensando en exámenes, echarse el equipo a la espalda en una final contra el Real Madrid es algo que contaremos a nuestros nietos. Fue él quien encendió la chispa, quien dijo “aquí estoy yo” y empezó a bailar sobre el alambre, rompiendo cinturas y esquemas con una desfachatez insultante, maravillosa. Ese centro para el empate de Lewandowski no fue un pase, fue una declaración de intenciones, un grito de guerra que cambió la inercia del universo, despertando a un equipo que empezó a creerse que no solo podía competir, sino que podía dominar, y vaya si lo hicieron, quitándole el balón al gigante y escondiéndolo con una maestría que recordaba a las mejores épocas.

Pero claro, esto es un Clásico y el sufrimiento va incluido en el precio de la entrada, porque justo cuando el Barça mejor jugaba, ¡pum!, mazazo de Fede Valverde y otra vez a remar contra corriente con el 1-2. Cualquier otro equipo se habría venido abajo moralmente, habría bajado los brazos ante la pegada sobrenatural del Madrid, pero anoche había una energía diferente, una fe inquebrantable que empujaba cada balón. La respuesta no se hizo esperar y el partido entró en una fase de locura transitoria, de golpe a golpe, donde la táctica se rompió y solo quedó el corazón. El segundo gol de Lamine para empatar fue el éxtasis, la confirmación de que estábamos viendo el nacimiento de una leyenda en tiempo real, pero lo que vino después, con ese gol de Fermín rozando el 90, fue el delirio absoluto, el caos, el grito desgarrado de millones de culés que veían cómo la gloria estaba al alcance de la mano en un final de infarto.

Y como no podía ser de otra manera, el destino nos tenía reservado un último giro de guion, ese momento de suspense que te hiela la sangre y detiene el tiempo. Ese minuto 96, ese gol de Bellingham que parecía mandar todo a la prórroga y resucitar los fantasmas de siempre, y luego… el silencio, la espera agónica del VAR, las líneas tiradas, la tecnología decidiendo el destino de un título por milímetros. Cuando el árbitro anuló el tanto por ese fuera de juego de Rüdiger, el estallido fue monumental, una mezcla de alivio, euforia y la sensación de haber sobrevivido a un tiroteo. La polémica está servida, claro que sí, y se hablará de ella durante semanas porque así es nuestra salsa, pero nada puede empañar la vibrante realidad de lo que vimos: dos colosos dejándose la vida, un 3-2 que es un monumento al fútbol ofensivo y un campeón que ha renacido de sus cenizas de la manera más espectacular posible. ¡Qué viva el fútbol y qué viva la pasión que nos hace sentir vivos con noches como esta!

Más allá del resultado, lo que nos queda en la retina es la intensidad, el coraje, ver a jugadores exhaustos celebrando como si hubieran ganado el Mundial. Para el aficionado neutral fue caviar puro, un festín de talento y errores, de paradas imposibles y fallos clamorosos, todo mezclado en una coctelera a máxima revolución. El Madrid demostró por qué nunca puedes darle por muerto, peleando hasta el último suspiro de ese descuento eterno, y el Barça demostró que el futuro ya está aquí y que ha llegado para quedarse, con una generación dorada que no conoce el miedo. Anoche ganaron los azulgranas, pero en realidad ganamos todos los que nos sentamos frente al televisor esperando ver magia y recibimos una dosis sobredosis de realidad épica.

Ahora queda la resaca emocional, el debate encendido en cada bar de España, las repeticiones de los goles una y otra vez, y esa sonrisa tonta que se te queda después de ver un partido histórico. Porque seamos sinceros, da igual los colores que tengas, partidos como el de ayer son la razón por la que nos gusta esto, son la droga que nos hace volver cada fin de semana. Riad fue testigo de una batalla campal futbolística, de un intercambio de golpes digno de los mejores pesos pesados, y hoy nos despertamos con la sensación de que la temporada ha dado un vuelco, de que todo es posible y de que la rivalidad más grande del mundo está más viva, más fiera y más espectacular que nunca. ¡Que no pare la fiesta, que ruede el balón y que nos sigan regalando noches de gloria como esta bendita locura de Supercopa!