
Un partido que lo tuvo todo: Alcaraz dominaba 2-0, Zverev forzó el quinto set en una remontada brutal, y cuando parecía que el físico no daba para más… Carlitos sacó la magia. ✨
📊 Marcador Final: 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4), 7-5
Rod Laver Arena, Melbourne. — Hay partidos que se juegan y partidos que se sufren. Y luego está lo que acabamos de vivir en la Rod Laver Arena entre Carlos Alcaraz y Alexander Zverev. Lo de hoy no ha sido simplemente tenis; ha sido un ejercicio de supervivencia, una guerra de trincheras psicológica y física que ha durado cinco horas y veintisiete minutos, redefiniendo los límites del sufrimiento en una pista de tenis. Con un marcador final de 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5, el murciano no solo ha ganado un partido, sino que ha conquistado sus propios fantasmas para alcanzar su primera final en el Open de Australia.
El espejismo del dominio inicial
Cuando el reloj marcaba las 19:30 en Melbourne, el aire estaba cargado de esa electricidad estática que solo precede a las grandes noches. Alcaraz salió a la pista como un vendaval, con esa frescura de piernas que hace parecer pequeña la inmensa cancha azul. El primer set fue un monólogo de intenciones. Carlos, sabedor de que el servicio de Zverev es un arma de destrucción masiva en pistas rápidas, decidió neutralizarlo restando desde la valla publicitaria, obligando al alemán a jugar siempre una bola más.
El 6-4 inicial fue engañoso. Pareció fácil, pero cada juego fue una batalla táctica. Alcaraz movía a Zverev de lado a lado, explotando la movilidad del alemán —que aunque excelente para su altura, sufre con los cambios de ritmo constantes— y cerrando los puntos con drop shots que caían como plomo. Zverev, por su parte, parecía un diesel, tardando en calentar motores, cometiendo errores no forzados con su derecha que daban alas al español.
El segundo set trajo consigo el primer conato de rebelión. Zverev ajustó la mira. Su primer servicio empezó a entrar con regularidad por encima de los 215 km/h, y el partido se convirtió en un duelo de sacadores. Llegamos al tie-break, ese territorio donde los nervios pesan más que la técnica. Aquí vimos al mejor Alcaraz de la primera mitad del encuentro: valiente, agresivo, subiendo a la red sin miedo. Un 7-6(5) que ponía el 2-0 en el marcador y que, en la mayoría de los libros de historia, hubiera sido el preludio de un cierre rápido. Pero el tenis, y especialmente Zverev, no entienden de guiones escritos.
El despertar del gigante alemán
Nadie remonta un 2-0 a Carlos Alcaraz sin dejarse el alma. Y eso es exactamente lo que hizo Sascha Zverev. El tercer set fue el punto de inflexión. Alcaraz, quizás relajado por la ventaja o quizás sintiendo el primer pinchazo de fatiga, bajó un 5% su intensidad. En la élite, ese 5% es un abismo. Zverev, acorralado, soltó el brazo. Su revés a dos manos, posiblemente el mejor del circuito, empezó a dictar sentencia.
El murciano dejó de encontrar las líneas y empezó a encontrar la red. El lenguaje corporal de Carlos cambió; de los puños apretados y las miradas al palco, pasó a las conversaciones consigo mismo y las miradas al suelo. El tie-break del tercer set fue un castigo. Zverev dominó 7-3, y la Rod Laver Arena, que hasta entonces coreaba el nombre de “Carlitos”, se sumió en un murmullo de incertidumbre. Había partido.
El cuarto set fue, posiblemente, la hora de tenis más dramática que hemos visto en este torneo. Ambos jugadores, ya visibles en su cansancio, se aferraron a sus servicios como náufragos a una tabla. No hubo roturas. Hubo oportunidades, sí, bolas de break que se esfumaron con aces milagrosos o con derechas ganadoras a la línea. Llegar a otro tie-break parecía el destino inevitable. Y allí, de nuevo, la tragedia para el español. Dos errores no forzados en momentos clave y una doble falta inoportuna entregaron el set a Zverev por 7-4.
De repente, tras casi cuatro horas de juego, estábamos empatados. El 2-0 se había evaporado. La inercia ganadora estaba completamente del lado alemán. Zverev caminaba hacia su silla con el pecho henchido, mientras Alcaraz parecía buscar respuestas en un cielo nocturno que no se las daba.
El quinto set: Territorio de leyendas
Entrar en un quinto set después de perder una ventaja de dos sets suele ser la sentencia de muerte para la mayoría de los tenistas. La carga mental es insoportable. Pero aquí es donde se separa a los buenos jugadores de las leyendas. Alcaraz salió al quinto set no con la energía del primero, sino con la rabia del superviviente.
Los primeros juegos del set definitivo fueron agónicos. Las piernas ya no respondían con la explosividad habitual. Vimos a un Alcaraz más humano, resbalando, llegando tarde, pero devolviendo la bola por pura voluntad. Zverev, que también empezaba a pagar el peaje de la remontada, se apoyaba exclusivamente en su saque.
El momento crítico llegó con el 4-4. Alcaraz afrontó dos bolas de break en contra. Si Zverev rompía ahí, sacaba para ganar el partido y el billete a la final. En ese instante, con el abismo a sus pies, Carlos sacó la magia. Un saque abierto y una derecha invertida que limpió la línea salvaron la primera. Un ace a la T salvó la segunda. El rugido de Alcaraz tras ganar ese juego (5-4) se escuchó hasta en el río Yarra. Fue el rugido de quien se niega a morir.
Zverev mantuvo su saque para el 5-5, pero las grietas en su armadura eran visibles. Empezaba a tocarse el muslo izquierdo, las pausas entre puntos se hacían eternas. Alcaraz, oliendo la sangre como un depredador, ganó su servicio en blanco para ponerse 6-5. Toda la presión recaía sobre el alemán.
El último juego fue una obra de arte del desorden. Zverev falló un primer saque. Luego una derecha se le fue larga por milímetros. 0-30. La grada contenía la respiración. Un buen saque del alemán puso el 15-30, pero un intercambio de 24 golpes —una locura a estas alturas del partido— terminó con una dejada magistral de Alcaraz que Zverev ni siquiera intentó correr. 15-40. Dos bolas de partido.
En la primera, Zverev se jugó un segundo saque arriesgado y lo metió, salvándola. Pero en la segunda, la historia tenía reservado su final. Un resto profundo de Alcaraz a los pies de Zverev, una devolución corta del alemán, y una derecha ganadora cruzada de Carlos que pasó como un misil, inalcanzable, definitiva.
Alcaraz se dejó caer al suelo. No era una celebración de euforia, sino de liberación. Había sobrevivido. Zverev cruzó la red para darle un abrazo sentido, reconociendo que ambos habían sido partícipes de algo más grande que un simple partido de tenis.
Este partido nos deja varias lecturas. Primero, la capacidad de resiliencia de Alcaraz ha alcanzado un nuevo nivel de madurez. Hace dos años, quizás hubiera perdido este partido tras el colapso del cuarto set. Hoy, ha demostrado que sabe ganar jugando mal, que sabe ganar sufriendo, y que su cabeza es tan fuerte como su derecha.
Tácticamente, el partido fue un rompecabezas. Alcaraz terminó con 58 golpes ganadores y 42 errores no forzados, una estadística que habla del riesgo que tuvo que asumir. Pero el dato clave fue su porcentaje de puntos ganados con el segundo servicio en el quinto set, un asombroso 70%, impidiendo que Zverev le atacara en los momentos de vulnerabilidad.
Ahora, la pregunta es inevitable: ¿Cuál será el coste físico? Con la final programada para el domingo, Alcaraz tiene menos de 48 horas para recuperar un cuerpo castigado por casi cinco horas y media de competición al máximo nivel. Los fisios tendrán tanto trabajo como el propio jugador. Pero el premio es inmenso: el Open de Australia, el trofeo que le falta para completar piezas clave de su legado, está a solo un partido de distancia.
Melbourne ha sido testigo hoy de una epopeya. No ha sido el partido más brillante técnicamente en algunos tramos, ensuciado por el cansancio y la tensión, pero ha sido el más humano, el más visceral. Carlos Alcaraz está en la final. Y ha llegado allí no por el camino fácil, sino atravesando el infierno y saliendo, una vez más, con la sonrisa intacta.